Cuando me han propuesto que participara en este debate, me han explicado que lo interesante sería que contara mi experiencia personal como estudiante de doctorado en el campo de la ciencia, y hacerlo con perspectiva de mujer. Por ejemplo, contar cómo el ser mujer ha influido en las decisiones y en los problemas que haya podido tener. Yo he estado pensando mucho sobre esto y al final, con un poco de sorpresa pero también de alivio, me he dado cuenta de que mi camino en la universidad no ha sido condicionado ni una vez, por lo menos de manera directa y visible, del hecho de que soy una chica -o del hecho de que no soy un chico. Lo que quiero decir es que hasta ahora, por lo que concierne mis estudios y mi trabajo, nunca he tomado -o no he tomado- una decisión por ser mujer. Pero eso me alegra, de hecho, porque creo que así debería ser. Estudiar y luego seguir con un doctorado no son cosas que deberían estar condicionadas por cuestiones de género, ¿no? Sin embargo, eso no significa que yo no vea o niegue la presencia, en el mundo de la investigación así como en la sociedad, de conflictos de género. Al contrario, soy muy consciente de la profunda desigualdad que sigue existiendo entre hombres y mujeres.

 

A ese respecto quiero contaros lo que me pasó hace unos años, cuando fui a Budapest para participar en una conferencia sobre relatividad y matemáticas. Yo estaba un poco nerviosa porque era mi primera conferencia de ese tipo. Cuando llegué vi que había más o menos 90 participantes, entre ellos algunos profesores pero sobre todo jóvenes investigadores. El primer día fue bien, conocí a unos colegas y encontré a otros que ya conocía. Al segundo día pasó algo raro. Entre una charla y otra tuve como una revelación, vi lo que no había visto el día anterior y que me dejó sin palabras: a mi alrededor no había ni una sola mujer. Busqué en la sala porque pensé que tenía que haber otras, y sólo encontré 4. Así pues podéis hacer la cuenta vosotros: de 90 participantes, 5 mujeres en total.

 

El sentimiento que más caracterizó mi primera reacción fue la incredulidad. No podía parar de preguntarme “¿Pero por qué? ¿Por qué no hay más mujeres aquí? ¿Cómo puede ser que no haya más? ¿Cuál es la razón?”. Una vez tomada conciencia del asunto, otro sentimiento empezó a desarrollarse. Un sentimiento más profundo, que desde entonces no ha dejado de acompañarme: la indignación. Indignación porque nadie parecía preocuparse de la absurdidad y de la gravedad del hecho de que, en la práctica, no había mujeres allí. Indignación porque además nadie parecía ni darse cuenta de ello.

 

Ahora, ¿Cuántos en esta sala admiten que hay un problema acerca de la presencia de las mujeres en la ciencia, en la física teórica por ejemplo? Muchos, quizá todos. ¿Pero cuántos, entre los que trabajan en la universidad, entre los profesores, se dan cuenta de la importancia y de la urgencia de hablar de este tema y sobre todo de encontrar soluciones al problema?

 

Cuando hablo de esto con la gente hay muchos que me dicen “¿No te das cuenta de cómo la situación ha cambiado en los últimos años? ¡Hay muchas más mujeres en la universidad ahora que antes!” o “Simplemente hace falta más tiempo, estos procesos son muy lentos, hay que esperar. Ya verás que la situación irá mejorando sola.” Aquí va mi cuestión: ¿Debería yo sentirme agradecida porque puedo trabajar en la universidad mientras que mi abuela no podía? ¿De verdad debería estar a gusto, y quizás según algunos, “aprovechar” por ser la única mujer en mi grupo de investigación? Además, nada me pone más nerviosa que saber que alguien ve un problema y que no intenta resolverlo. Están luego también los que piensan que la igualdad ha sido alcanzada ya -porque hay gente que piensa eso, y entre ellos muchas mujeres. A esta gente yo le diría: ¿Veis la tele? ¿Vais al cine? ¿Leéis libros? Entre los jefes de los partidos políticos, los periodistas, los directores de películas, los personajes en las películas, los escritores: entre ellos, ¿Cuántas mujeres hay? En la política, en la cultura, en la prensa, entre las personas influyentes de una sociedad, ¿Cuántas mujeres hay? ¡Pues pocas, muy pocas! Hacen falta muchas más de las que hay para decir que hemos alcanzado la igualdad.

 

Volviendo ahora a la universidad y a la ciencia, claramente no tengo una receta para convencer a las chicas que acaban la carrera para que sigan en esos campos científicos que generalmente están dominados por hombres. Además tengo dudas de que sea bueno intentar convencerlas. Pero lo que sí creo que hace falta es enseñarles ejemplos de mujeres que trabajan en esos campos a pesar de las dificultades que de eso derivan. Por esta razón tienen mucha importancia las iniciativas como ésta, y yo estoy muy contenta de haber dado mi contribución, aunque sea pequeña. Muchas gracias.


Nastassja Cipriani

Contribución a la mesa redonda dedicada a la Mujer Investigadora

V Jornadas de Investigación en la Facultad de Ciencia y Tecnología

Universidad del País Vasco UPV/EHU

Bilbao, 7 de Abril de 2016